PARTE 1
“Invítenla. Quiero que vea con sus propios ojos lo que perdió.”
Eso dijo doña Dolores Mendoza la mañana en que mandó imprimir una invitación color marfil con letras doradas y el escudo familiar grabado en relieve. No era una invitación común. Era una puñalada elegante, perfumada con flores caras y enviada por mensajería privada hasta una colonia tranquila de Morelia.
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La destinataria era Mariana Ríos.
Cuatro años atrás, Mariana había amado a Sebastián Mendoza con una fe tan limpia que parecía imprudente. Él era heredero de una