Parte 1
—Papá, por favor, no llames al 911. Yo no hice nada.
Mi voz salió rota, pero mi padre ya había tocado la pantalla.
Yo estaba descalza en medio del pasillo de la casa familiar en Lomas de Chapultepec. A unos metros de mí, la puerta del despacho estaba abierta. Había cristales del pequeño gabinete de seguridad esparcidos sobre el mármol y varias carpetas de la Fundación Salgado habían desaparecido.
Sobre el escritorio, la computadora de mi padre mostraba una solicitud de transferencia por 4 millones de pesos.
Mi