usuario aparecía en la pantalla.
Mi hermana Renata estaba detrás de él, envuelta en un suéter blanco, llorando con las manos sobre el rostro.
Parecía una víctima perfecta.
—Robaste de la fundación de tu propia familia —dijo mi padre, Eduardo Salgado.
—No fui yo. Revisa las cámaras. Revisa los horarios. Revisa todo.
Renata levantó los ojos enrojecidos.
—La semana pasada
Valeria me dijo que estaba harta de trabajar para todos mientras Santiago heredaba la empresa. Dijo que algún día iba a tomar lo que le correspondía.
La miré.
—Eso es