La firma que nunca debí entregar
Me quedé inmóvil junto a la puerta de la cocina.
Al otro lado del pasillo, Sophie habló de nuevo.
—Pero dijiste que todo estaría resuelto antes de mi cumpleaños.
—Y lo estará —contestó Daniel—. Solo necesito que tengas paciencia.
—Siempre me dices lo mismo.
—Sophie, baja la voz.
Oí unos pasos y regresé rápidamente al fregadero.
Cuando mi marido entró, yo estaba secando un plato.
—¿Todavía no has terminado? —preguntó.
—Ya casi.
Se acercó, me besó superficialmente en la frente y abrió el frigorífico.