Parte 1
“Por favor, mamá, deja de llamarnos. Tenemos nuestras propias vidas.”
Mi hijo Miguel pronunció esas palabras un martes por la tarde, con ese tono cansado que uno usa cuando intenta terminar una conversación que ya le resulta molesta.
Yo tenía 72 años.
Él, 44.
Y aun así, durante varios segundos, me quedé mirando el teléfono como si acabara de regañarme por haber hecho algo imperdonable.
Mis otros dos hijos estaban en la misma llamada.
Daniela, la mayor, guardó silencio.
Lucía intentó suavizarlo.
“Mamá, no lo tomes así. Solo