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En los días que siguieron a la llegada de Claire, mi mansión cambió de una forma que jamás habría imaginado. No se trataba del mobiliario, ni de los jardines, ni de las obras de arte que ya no podía admirar. Era el silencio mismo. Antes de su llegada, cada estancia parecía asfixiarse bajo el peso de mi ira. Los empleados caminaban de puntillas, las puertas se cerraban sin hacer ruido y nadie se atrevía a pronunciar mi nombre sin temblar. Claire, en cambio, tarareaba suavemente mientras trabajaba. A veces,