Una hora antes de la boda, yo, María Elena , estaba sola en el pasillo lateral del hotel, intentando calmar mis nervios. El vestido blanco me apretaba el pecho y el murmullo lejano de los invitados resonaba como un zumbido constante. Fue entonces cuando oí voces tras la puerta de la pequeña habitación donde guardaban los regalos. Reconocí al instante la voz de Javier , mi prometido, y la de su madre, Carmen . No quería escuchar, pero me quedé paralizada.
—No me importa ella —dijo Javier en un susurro áspero—. Lo único