PARTE 1
—Si a los treinta sigues sin marido ni hijos, algo hiciste mal— dijo mi hermano frente a todos, levantando su copa como si acabara de contar el chiste más brillante de la noche.
Yo sonreí por pura costumbre, pero por dentro sentí ese ardor viejo que me acompañaba desde niña cada vez que Ricardo decidía recordarme cuál era, según él, mi lugar en la familia. Aquella noche cumplía treinta años y había jurado que no iba a dejar que me la arruinara. Había reservado una terraza preciosa a