la orilla de un lago en Valle de Bravo, con luces colgantes entre las vigas de madera, flores blancas en las mesas y un pastel de tres pisos que yo misma había mandado hacer semanas antes. Quería una noche tranquila. Elegante. Mía.
Los primeros cuarenta minutos casi lo logré.
Mis amigas llegaron con regalos, mis primos con abrazos ruidosos, mis papás con una sonrisa algo tensa y un ramo de girasoles que me hizo sentir querida de verdad. Hasta pensé que tal vez, solo por una vez, Ricardo se iba