No llegamos a casa como en las películas.
No hubo música.
No hubo una puerta enorme abriéndose de par en par.
Solo estaba Caterina, una maleta vieja, mis pasos lentos y una noche fría esperando fuera de la residencia.
Pero yo sentía algo que hacía mucho no sentía.
Sentía que todavía pertenecía a algún sitio.
En recepción, una cuidadora se acercó con los papeles en la mano.
—Rosario, mañana Marta tiene que venir a terminar de firmar unas cosas —dijo con voz suave—. Esta noche queda como salida autorizada.
Miré