a Caterina.
Ella bajó un poco la cabeza, como si hubiera estado esperando esa parte.
—Mamá ya lo sabe —me dijo—. Hablé con ella esta tarde.
No sé por qué, pero eso me dio miedo.
No por irme.
Sino por lo que Marta podía estar sintiendo.
Una hija también envejece por dentro cuando cree que ha fallado a su madre.
Caterina me ayudó a ponerme bien la bufanda azul.
Aquella bufanda torcida que ella había tejido siendo niña.
Sus dedos temblaban.
—¿Tienes frío, abuela?
—Un poco.
Era mentira.
No tenía