El día que mi suegra me dejó sin dinero para el inhalador de mi hijo, mi marido me dijo: “Firma lo que te piden y no habrá problemas”. Fingí creerle y llamé a mi hermana. Dos días después, en plena fiesta familiar, llevaba un collar de esmeraldas carísimo mientras esperaba que alguien descubriera lo que mi suegra escondía detrás de una pared.

PARTE I. EL PRECIO DE OBEDECER
—Si no puedes comprarle las medicinas a tu hijo, quizá deberías aprender a administrar mejor el dinero. Y no vuelvas a molestar a Marcos con estas tonterías.

Eso me dijo mi suegra cuando la llamé desde una farmacia de Madrid, con una receta en la mano, dos tarjetas rechazadas y seis personas esperando detrás de mí.

Me llamo Vera, tengo treinta y cuatro años y soy arquitecta. Hasta aquella mañana estaba convencida de que tenía una vida privilegiada. Vivía en una casa enorme en