PARTE I. EL PRECIO DE OBEDECER
—Si no puedes comprarle las medicinas a tu hijo, quizá deberías aprender a administrar mejor el dinero. Y no vuelvas a molestar a Marcos con estas tonterías.
Eso me dijo mi suegra cuando la llamé desde una farmacia de Madrid, con una receta en la mano, dos tarjetas rechazadas y seis personas esperando detrás de mí.
Me llamo Vera, tengo treinta y cuatro años y soy arquitecta. Hasta aquella mañana estaba convencida de que tenía una vida privilegiada. Vivía en una casa enorme en