Durante varios segundos contemplé el último mensaje de Dante.
Diez minutos.
Ocho años de amor, tres años de silencio y un hijo que había aprendido a decir «papá» mirando fotografías de otros niños con sus padres.
¿De verdad creía que diez minutos podían arreglarlo?
—Elena —murmuró Mia desde el asiento delantero—. ¿Qué vas a hacer?
Miré a Leo, que dormía abrazado a su dinosaurio.
—Voy a escucharlo.
Mia se volvió sorprendida.
—¿Estás segura?
—No voy a llevar a Leo. Y será en un lugar público.
Una hora después entré en