PARTE 1
—¡Róbeme si quiere, señora, pero por el amor de Dios, no permita que mi sobrino encuentre lo que escondí debajo del piso!
Esas fueron las primeras palabras que me dijo un anciano desconocido cuando lo encontré tirado, empapado y temblando de fiebre, dentro de una casona abandonada.
Me llamo Beatriz Hernández, tengo 69 años y vivo en San Miguel del Encino, un pequeño pueblo de la sierra de Puebla. Nunca imaginé que aquella noche terminaría acusada de ladrona y que mi propio hijo estaría involucrado en una traición