De regreso a casa, una tormenta me hizo refugiarme en una casa abandonada, donde encontré a un anciano enfermo. «Si muero, no permita que mi sobrino encuentre esa escritura», me pidió. Guardé el documento y lo ayudé sin imaginar las consecuencias. Tres días después, mientras todos me llamaban ladrona, encontré el nombre de mi propio hijo en los planos de la empresa que quería quedarse con el agua del pueblo.

PARTE 1

—¡Róbeme si quiere, señora, pero por el amor de Dios, no permita que mi sobrino encuentre lo que escondí debajo del piso!

Esas fueron las primeras palabras que me dijo un anciano desconocido cuando lo encontré tirado, empapado y temblando de fiebre, dentro de una casona abandonada.

Me llamo Beatriz Hernández, tengo 69 años y vivo en San Miguel del Encino, un pequeño pueblo de la sierra de Puebla. Nunca imaginé que aquella noche terminaría acusada de ladrona y que mi propio hijo estaría involucrado en una traición