El chasquido metálico del broche al abrirse resonó en la pequeña cocina como un disparo en mitad de la noche.
Jonah no apartó los ojos de los míos mientras levantaba despacio la tapa de madera lacada. La luz cálida de la lámpara del comedor iluminaba sus facciones, ahora marcadas por una sombra que jamás le vi durante los tres años que pasó tras las rejas. Yo permanecí inmóvil, pegada a la encimera, sintiendo cómo el estómago se me encogía por un instinto primario de supervivencia.
Dentro de la caja no