Al llegar a mi oficina para cerrar un negocio millonario, vi a un niño de nueve años abrazándose para soportar el frío. “¿Puedo quedarme aquí hasta encontrar a alguien?”, me preguntó. Lo dejé entrar y mi hermana se encargó de ayudar. Poco después, descubrimos que había visto una cámara escondida entre las hojas de una planta. Ordené revisar los registros sin avisar a nadie, pero cuando descubrió las visitas nocturnas, reconocí un nombre que nunca habría querido encontrar.

PARTE 1

—¿Por qué escondieron una cámara dentro de esa planta? ¿Estás espiando a alguien?

Don Ernesto casi dejó caer su taza de café.

El niño de nueve años señalaba un enorme ficus colocado junto al ventanal de la sala de juntas. Entre dos hojas brillaba un diminuto punto negro.

—¿Cuál cámara, chamaco?

—Esa. Si se agacha, puede verla. Tiene una lucecita que prende y se apaga.

Ernesto llevaba quince años trabajando como guardia de seguridad en Grupo Salcedo, una importante empresa de equipos industriales en Querétaro. Había visto empleados