temblorosas. El chorro helado golpeó la piel quemada mientras intentaba recuperar el aliento, pero Alejandro ni siquiera se movió.
Permaneció de pie junto a la mesa, sosteniendo su teléfono, observando la escena como si ella fuera quien estaba exagerando.
—¿Ves lo que me obligaste a hacer? —dijo con una calma mucho más aterradora que el ataque—. Mi hermana llegará esta tarde. Le vas a entregar tu tarjeta bancaria, tus bolsos de marca y todo lo que ella quiera. Si no te gusta, recoge tus cosas y desaparece.
Valeria cerró los