de padre e hija.
Pero poco a poco el comportamiento de Emma cambió.
Todas las noches, en cuanto Daniel cogía su toalla blanca, mi hija se ponía nerviosa. Corría hacia mí, se aferraba con fuerza a mis piernas y lloraba:
«Que lo haga mamá… no papá.»
La primera vez, Daniel solo se rió.
«Hoy simplemente no le apetece. Tiene dos años. Mañana querrá otra cosa.»
Pero a la noche siguiente volvió a ocurrir. Y también la siguiente.
Cada vez, Daniel la cogía en brazos, la llevaba al baño y cerraba