mi bolso.
Tampoco.
Entonces busqué el pequeño estuche impermeable que siempre escondía debajo de la ropa interior cuando viajábamos.
Ahí guardaba mi pasaporte.
Había desaparecido.
Sobre la mesa encontré una hoja del hotel doblada por la mitad.
Reconocí la letra de Rodrigo.
—Resuélvelo tú sola.
Eso era todo.
Debajo había otra nota.
La letra era de mi suegra, Beatriz.
—Ahora veremos quién viene a rescatarte.
Me quedé inmóvil.
Dos noches antes habíamos discutido durante la cena.
Rodrigo llevaba meses insistiendo en que le cediera parte de mis acciones en Navarro