quitarme el teléfono y dejarme sola a miles de kilómetros de mi hija había sido simplemente una forma de enseñarme quién tenía el poder.
Un año después, Sofía y yo nos mudamos a una casa más pequeña en Querétaro.
La empresa abrió una nueva oficina.
Yo seguí viajando.
La primera vez que volví a salir del país, me quedé varios minutos frente a la puerta de embarque.
Sofía me tomó la mano.
—Mamá, ¿estás nerviosa?
La miré.
—Un poquito.
—¿Traes tu pasaporte?
Me reí.
—Sí.
—¿Y tu teléfono?
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—También.