empresa como si fuera tu cuenta personal.
Me siguió hasta el pasillo.
—¿Y nosotros?
Me detuve.
Por primera vez desde la gala no vi al empresario, ni al hombre de portada, ni al esposo que quería impresionar a todos.
Vi a alguien aterrado porque había perdido el escenario desde el que definía su valor.
—Anoche hablé con una abogada —dije.
—Elena…
—Voy a pedir el divorcio.
—Por Isabella.
—No solamente.
Respiré despacio.
—Te perdí mucho antes de saber que existía ella. Te perdí cada vez que convertiste mi sencillez en