veces, alimentos.
A veces, una habitación de hotel.
Pero siempre que era posible, primero me sentaba con aquella persona.
Han pasado años desde entonces.
Todavía llevo el sencillo anillo de plata de Thomas colgado de una cadena alrededor del cuello.
De vez en cuando, alguien me pregunta por él.
Les digo que una vez estuve casada.
Durante siete días.
Con un hombre de setenta y nueve años que me enseñó algo que yo había pasado meses negándome a comprender.
Thomas no me pidió que me casara con él porque necesitara