era su secreto.
Yo era su fachada.
Y lo curioso era que ambos creían tener el control.
Pero solo una persona conocía todas las piezas del tablero.
Yo.
Con los años, Alejandro empezó a transferir propiedades.
Pensaba que estaba asegurando el futuro de su hijo secreto.
No sabía que cada movimiento dejaba un rastro.
Cada apartamento.
Cada cuenta.
Cada documento.
Todo estaba registrado.
Y todo podía volver contra él.
Por eso, cuando en la UCI puso frente a mí esos papeles de herencia, no sentí sorpresa.
Solo confirmación.
Él todavía