difícil confesar.
No era un gran plan.
Era algo más pequeño y quizá más miserable.
Orgullo.
Cobardía.
Y una mujer acostumbrada a decidir por todos.
Cuando le conté a Elena, ella tampoco se presentó como inocente.
—Después de las llamadas bloqueadas y del sobre, me rendí —admitió—. Pude buscarte de otras maneras. Pude contratar a alguien para entregarte los documentos personalmente.
—No debiste tener que hacerlo.
—No. Pero pude hacerlo.
Luego señaló algo que nunca olvidé.
—Mi error fue dejar de tocar cuando encontré una puerta cerrada. Tu madre cerró