esas puertas a propósito.
Me miró.
—Y tú saliste por la primera antes de que alguien tuviera que cerrarla.
Asentí.
No quería perdón.
Todavía no lo merecía.
Elena permitió que hiciéramos una prueba de ADN legal.
Cuando recibí el sobre con los resultados oficiales, me temblaban las manos.
Leo.
Lucas.
Maya.
Clara.
Los 4 eran mis hijos.
—Soy su padre —dije.
Elena negó suavemente.
—Biológicamente.
Levantó la mirada.
—Lo demás tendrás que ganártelo.
Y así empezó.
No podía aparecer en su escuela sin autorización.
No podía comprarles regalos costosos para