meses después, Elena y yo estábamos sentadas en mi patio tomando café.
Había plantado romero, lavanda y bugambilias junto a la pared donde antes nunca crecía nada.
—Nunca te pregunté algo —le dije.
—¿Qué?
—¿Cómo supiste que algo estaba mal aquella mañana?
Elena sonrió.
—Tu suegra bajó de la camioneta con una botella de champaña antes de las 9.
Me reí.
—Eso no prueba nada.
—No.
Tomó un poco de café.
—Pero después vi al señor del portafolio quedarse dentro del coche mirando cómo te ibas. Solo salió cuando doblaste