los ojos.
—Ustedes decidieron que yo no pertenecía aquí antes de revisar correctamente el sistema.
El silencio fue absoluto.
Podía escucharse la música de la gala detrás de las puertas cerradas.
—Señora Vázquez —dijo Sebastián—, no sabíamos quién era usted.
Esa frase me hizo sentir algo más fuerte que enojo.
Decepción.
—Ese es exactamente el problema.
Sebastián frunció el ceño.
—¿Perdón?
—No deberían necesitar saber quién soy.
Miré mi chamarra.
Después las rosas.
Luego a mi hija.
—Yo podría haber sido cualquier mujer.
Una maestra.
Una enfermera.
Una secretaria.
Una