Sebastián.
—Hoy ustedes hicieron que una mujer cansada sintiera que debía avergonzarse de entrar aquí.
Luego miré a Bruno.
—Y peor aún, lo hicieron frente a su hija.
Bruno tragó saliva.
—Podemos arreglarlo.
—No.
—Señora Vázquez…
—No todo puede arreglarse con una disculpa cuando alguien descubre quién firma los cheques.
Bruno palideció aún más.
Arturo dio un paso adelante.
—Voy a revisar personalmente lo ocurrido.
—No hace falta.
Miré hacia el pasillo de servicio.
Lupita estaba a varios metros de distancia, detenida junto a su carrito.
Probablemente había escuchado la