hotel de 18 habitaciones en Querétaro.
Después llegaron Puebla.
Monterrey.
Guadalajara.
Cancún.
Y finalmente Ciudad de México.
Tras la muerte de Daniel, todos esperaron que vendiera.
Algunos inversionistas me ofrecieron cantidades absurdas.
Otros pensaron que una viuda con una niña pequeña no podría dirigir una empresa con cientos de empleados.
No vendí.
Aprendí.
Me equivoqué.
Volví a aprender.
Y cada cierto tiempo visitaba nuestros hoteles sin avisar.
Sin chofer.
Sin asistentes.
Sin ropa elegante.
Porque los reportes podían enseñarme las ventas.
Las encuestas podían enseñarme estadísticas.
Pero solo un desconocido