por primera vez desde su liberación volvió a cruzar la frontera alemana. Cada kilómetro reavivaba los recuerdos: los uniformes, las órdenes gritadas, el olor del campo.
La dirección la llevó a un edificio gris en un barrio obrero de Múnich. Subió al tercer piso con el corazón desbocado. Una mujer de unos cincuenta años, con el cabello gris recogido, abrió la puerta. Ese encuentro sería el punto de partida de una búsqueda que revelaría la existencia de una red clandestina coordinada por un oficial llamado von Steiner y el verdadero