de estar mientras yo abría la caja de recuerdos de Margot. Dentro había pequeñas cosas de las que me había convencido de que eran pruebas de que ella había existido: una pulsera de plástico, un libro ilustrado, un zapato diminuto.
Mia cogió el zapato.
—¿Mi pie era así de pequeño?
Luego sacó un vestido con volantes y lo sostuvo extendiendo los brazos.
Hizo una mueca de desagrado.
Yo me eché a reír.
—¿Qué pasa?
—Ni hablar. ¿Me pusiste esto?
—Lo odiabas.
Me miró.
Me corregí a tiempo.
—Margot lo odiaba.