El crujido de grava llegó desde la entrada del mausoleo, y antes de voltear entendí que la caja que sostenía ya no era un secreto.
El cuidador levantó una mano para detenerme.
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—Guarda eso.

Los pasos se acercaron.
Era Damien.
Mi hermanastro apareció entre las lápidas con el reloj de mi padre todavía en la muñeca y una expresión muy distinta a la que había mostrado en la casa.
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Ya no se estaba burlando.
Estaba nervioso.
—Daniel —dijo—. Mi mamá quiere hablar contigo.
Miré la caja de madera