de romper algo.
No lo hice.
—¿Cuántas?
—Tres.
Tres cartas.
Una por cada año que yo había pasado creyendo que mi padre me odiaba.
—¿Qué decían?
—No las recuerdo.
—Sí las recuerdas.
Vanessa apretó los labios.
—Pedía perdón.
Eso fue todo.
No necesitaba escuchar más.
El expediente que mi padre dejó en la caja fue entregado para que mi condena pudiera revisarse, y por primera vez desde el juicio las inconsistencias que antes parecían detalles aislados fueron examinadas juntas.
Los movimientos de la empresa, las autorizaciones, las fechas y las