de morir, porque sus últimas instrucciones no coincidían con la historia de que había decidido borrarme para siempre de su vida.
No recuperé todo de inmediato.
Tampoco quería hacerlo así.
Había aprendido demasiado sobre lo peligroso que era confundir una casa con una familia.
Meses después, mi condena quedó sin efecto.
La primera mañana que pude mirar un documento oficial sin ver junto a mi nombre la palabra que había cargado durante tres años, no sentí ganas de celebrar.
Pensé en mi padre.
Pensé en cuánto tardó en creerme.
Pensé