que debía firmar unos documentos. Le advertía que, si no lo hacía por las buenas, él iba a “ayudarla” a hacerlo.
La anciana lloraba y le suplicaba que la dejara en paz. Repetía que no iba a firmar nada.
Entonces la voz del hombre cambió. Se inclinó sobre la cama y comenzó a amenazarla. Le dijo que tenía medicamentos que ella “debía” recibir. Que sabía exactamente cómo hacer las cosas para que los médicos no notaran nada. Que, si seguía negándose, su estado empeoraría mucho más.
La enfermera contuvo la