mis pies apenas tocaron el pulido suelo de mármol.
Me colgaron en el centro de mi propia casa como a un animal en un matadero.
—Quizás ahora por fin aprendas cuál es tu lugar —rió Isaac, con una risa completamente desprovista de empatía humana.
Entró en su estudio contiguo y regresó segundos después. En su mano sostenía una pesada y gruesa fusta de cuero trenzado, una pieza que conservaba como “antigüedad decorativa”.
Se colocó detrás de mí.
El primer golpe no fue una advertencia. Atravesó la fina seda de mi