miró fijamente.
—¿Por qué su hermano fingía ser usted?
El hombre sentado a mi lado soltó una risa extraña.
Después levantó la mirada.
—Porque yo no soy Sebastián.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
—Mi nombre es Nicolás.
Lo abofeteé.
—¿Dormiste conmigo anoche?
—Sí.
—¿Y las otras veces?
No respondió.
Horas después descubrí para qué servía aquella locura.
Sebastián dirigía un fondo de inversión.
Habían desaparecido más de 560 millones de pesos.
Cuando necesitaba estar en 2 lugares al mismo tiempo, Nicolás ocupaba su lugar.
En reuniones.
En