la cabeza.
Sonrió directamente hacia mí.
—Recordaste lo del tobillo.
Se me heló la espalda.
Activé la alarma silenciosa que el detective había instalado en mi teléfono.
—Vete.
—Tenemos 9 años de matrimonio que hablar.
Escuché una llave entrando en la cerradura.
Había cambiado el código digital.
Había olvidado la llave mecánica.
Empujé la puerta con todo mi cuerpo.
—No entres.
Sebastián giró la llave.
—Sabes que no puedes detenerme.
Entonces dije su verdadero nombre.
—Sebastián.
La llave dejó de girar.
Silencio.
Después escuché su risa.
—Por fin reconociste a