Mi esposo invitó a su jefe a nuestra casa, pero justo antes de que llegara, me miró con desprecio y susurró: —Quédate en el dormitorio. Me avergüenza que te vean así. Si mi jefe te ve, arruinarás mi ascenso.

Quieres que me encierre en la habitación? —preguntó Mariana en voz baja.

Alejandro apenas apartó la vista del espejo del pasillo mientras se ajustaba el cuello de la camisa. —No seas dramática. Estoy a punto de conseguir un ascenso a gerente general. Sergio viene a la casa por primera vez y necesito que todo salga perfecto.

—También es mi casa.

—Y precisamente por eso te pido un favor. Sirve la cena y desaparece un rato.

Mariana sintió el conocido nudo apretarse en su garganta, ese que había pasado años enseñándose