preguntó.
Me sorprendí.
—Sí. ¿Alguien del programa te dijo mi nombre?
Me miró en silencio durante unos segundos y luego sonrió.
—Sí. Claro.
En aquel momento, su respuesta no me pareció sospechosa.
Muy pronto, mis visitas a Michael se convirtieron en los momentos que más esperaba cada semana. Nunca se quejaba. Incluso en sus días más difíciles, bromeaba, me preguntaba por mi trabajo y quería saber si todavía pintaba.
Un día lo miré sorprendida.
—¿Cómo sabes que me gusta pintar?
Por un momento pareció confundido.
—Debes habérmelo contado.
No recordaba