En el funeral de mi hija de 6 años, escuché un susurro desde su ataúd blanco: —Mamá, no dejes que papá me vuelva a dormir. Levanté la tapa y la encontré viva, amarrada y con marcas de agujas en los brazos. Entonces mi suegra gritó: —¡Cierren ese ataúd! La cremación empieza en 20 minutos.

cuadernos escolares de Emilia Santillán.

Reconocí inmediatamente el nombre.

Su desaparición había aparecido durante semanas en televisión.

Emilia tenía 8 años.

Su padre, Ernesto Santillán, era socio de Julián en una desarrolladora inmobiliaria.

Poco antes de que Emilia desapareciera, Ernesto había denunciado irregularidades por más de 30 millones de pesos.

—¿La encontraron? —pregunté.

El comandante negó con la cabeza.

—Todavía no.

Sentí náuseas.

Mi padre llegó poco después.

Tenía 71 años y siempre había sido un hombre difícil de intimidar.

Aquella mañana parecía derrotado.

—Todo empezó por el fideicomiso —me