En el funeral de mi hija de 6 años, escuché un susurro desde su ataúd blanco: —Mamá, no dejes que papá me vuelva a dormir. Levanté la tapa y la encontré viva, amarrada y con marcas de agujas en los brazos. Entonces mi suegra gritó: —¡Cierren ese ataúd! La cremación empieza en 20 minutos.

de miedo.

—Nadie va a darte nada sin explicarte qué es.

—¿Nunca?

—Nunca.

—¿Y nadie va a encerrarme?

—Nadie.

Guardó silencio.

—¿Ni la abuela Teresa?

—Ni ella.

—¿Ni papá?

Tuve que respirar antes de responder.

—Ni papá.

Sofía me observó varios segundos.

Luego estiró los brazos.

—Entonces sí eres mi mamá de verdad.

La abracé.

Y lloré por los 3 años que nos habían robado.

Emilia también regresó con su padre.

Su recuperación fue lenta porque durante meses le habían repetido que su familia la había abandonado.

Claudia decidió colaborar