En el funeral de mi hija de 6 años, escuché un susurro desde su ataúd blanco: —Mamá, no dejes que papá me vuelva a dormir. Levanté la tapa y la encontré viva, amarrada y con marcas de agujas en los brazos. Entonces mi suegra gritó: —¡Cierren ese ataúd! La cremación empieza en 20 minutos.

estaba allí, frente a aquella caja blanca, preguntándome por qué una madre debía despedirse de su propia hija mirando únicamente una fotografía.

Entonces escuché el susurro.

—Mamá…

Levanté la cabeza.

Miré alrededor.

Nadie.

Volví a acercarme al ataúd.

—¿Sofía?

Un sonido diminuto salió desde dentro.

Rasqué con los dedos el borde de la tapa hasta encontrar el seguro interior.

La abrí.

Y casi grité.

Sofía abrió los ojos.

Estaba pálida.

Los labios azulados.

El cabello húmedo pegado a la frente.

Respiraba tan débilmente que apenas se movía su pecho.

—Mamá…