de hablar solamente de su muerte, empezamos a hablar de su vida.
Recordamos sus bromas, sus pequeñas manías, las cosas que hacía mal y aquellas que hacía extraordinariamente bien.
Nos reímos.
Y al principio me sentí culpable por hacerlo.
¿Cómo podía reírme cuando él ya no estaba?
Pero después comprendí que la risa no significaba que lo hubiera olvidado.
Significaba que todavía existían recuerdos capaces de traer algo de luz en medio del dolor.
Esa fue quizá la forma más inesperada de consuelo que recibí.
Mi esposo no estaba físicamente