a la sala.
Durante casi 2 horas fingimos ser una familia normal.
Mauricio contó historias del trabajo.
Su padre habló de fútbol.
Mi madre preguntó cuándo regresaríamos a visitarlos.
Yo serví la cena.
Comí.
Sonreí.
Escuché.
Y esperé.
Cuando retiramos los platos, Mauricio levantó su copa.
–Por 2 años increíbles.
Todos sonrieron.
Yo también.
Entonces me puse de pie.
–Yo también quiero hacer un brindis.
Mauricio me miró divertido.
–Adelante.
Tomé la carpeta negra.
Su expresión cambió.
Muy poco.
Pero cambió.
–Hace 6 días llamé a Mauricio para preguntarle si