Que al ver su apellido en los documentos finales sentiría que le arrancaban una parte del cuerpo. Pero no sintió eso.
Sintió frío.
Un frío limpio, exacto, como el filo de una puerta cerrándose para siempre.
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Connor estaba sentado junto a ella, con su mochila escolar apretada contra el pecho. Madison, más pequeña, sostenía un conejo de peluche con una oreja gastada. Ninguno de los 2 entendía del todo qué acababa de pasar, pero ambos sabían mirar a su padre con esa esperanza triste de los niños que todavía