nunca desaparecieron.
Tampoco la culpa de Callahan.
Pero poco a poco dejamos de permitir que la peor noche de nuestras vidas decidiera el resto de ellas.
Y finalmente comprendí algo en lo que me había negado a creer durante veinte años:
Mis cicatrices eran la prueba de que alguien me había fallado.
Nunca fueron la prueba de que yo estuviera rota.