años. Me dejaron a cargo.
Sentí que se me tensaba el estómago.
Daniel miró la bañera.
—Emily quería darse un baño.
De repente entendí por qué estábamos allí.

Por qué la puerta.
Por qué la rutina.
Por qué cada noche exactamente a las 8:30.
La voz de Daniel se volvió más baja.
—Le llené la bañera. Tenía unos delfines de plástico que adoraba. No paraba de hacerlos saltar de un lado a otro.
Tragó saliva.
—Entonces sonó el teléfono abajo.
No me moví.
—Le dije que volvería enseguida.
Me