llevé una mano a la boca.
—Estuve fuera quizá tres minutos.
Los ojos de Daniel volvieron a llenarse de lágrimas.
—Cuando regresé…
Se detuvo.
No necesitaba terminar.
La fotografía temblaba en mi mano.
—Oh, Daniel.
—Debería haberme quedado.
—Tenías catorce años.
—Debería haberme quedado.
Esta vez lo dijo con más fuerza.
Como si se hubiera repetido esa frase a sí mismo todos los días durante décadas.
—Mis padres llegaron a casa y encontraron coches de policía y una ambulancia. Mi padre nunca volvió a mirarme de la misma manera.
Me