rápido, sobre todo cuando aparecía una cara nueva. Sin embargo, aquella mujer no daba pie a ningún comentario. Cumplía las órdenes de los guardias sin protestar y jamás se metía en los asuntos de las demás.
Aun así, existía una regla que toda recién llegada aprendía muy pronto.
Había una presa a la que todas temían.
Su nombre era Vanessa.
Cuando aparecía, el ambiente cambiaba al instante. Muchas bajaban la cabeza y procuraban apartarse de su camino.
Era una mujer imponente: casi dos metros de altura, complexión enorme y una